Islamismo, ese mal que amenaza extenderse

Islamismo, ese mal que amenaza extenderse
Por Moisés Saab *
La Habana (PL) Si se trazara una recta entre los países africanos en los cuales existen grupos armados islamistas, en vez de obtener el camino más corto entre dos puntos, tendríamos una compleja urdimbre, medida de lo difícil que resultará desarraigar a esos entes.
El fenómeno del islamismo beligerante, o tal vez el comentarista debió decir lacra, está destinado a dejar una huella indeleble en la historia de África y del Levante en particular, y en términos más amplios de otros puntos del planeta.

De Túnez, pasando por Gaza, Egipto y Libia, y de ese estado fallido a Mali, Nigeria, Níger, Somalia, República Centroafricana y, en fecha más reciente, un repentino foco en Tanzania, país localizado en el sureste del continente, proliferan las entidades armadas que se identifican con el islamismo ultraortodoxo, considerado obsoleto y alejado de las prédicas de esa confesión por académicos y prelados musulmanes, que lo condenan a una voz.

La derrota en Iraq y los avances de las tropas constitucionales en Siria a pesar de las interferencias foráneas, han empujado a esos grupos armados irregulares a emigrar, para reagruparse, hacia países al sur del Sahara.

La alarma la sonó el ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, quien aseguró que en el continente africano hay en la actualidad hasta 10 mil combatientes de Estado Islámico y de Al Qaeda en el Magreb Islámico, notorios por sus métodos expeditos de eliminación de adversarios y la crueldad de su conducta.

Hablando en un encuentro de la llamada coalición antijihadista, encabezada por Estados Unidos e integrada por más de tres decenas de países de varios continentes, el canciller alertó que África está entre las zonas más atacadas por ambos conjuntos.

Asimismo resaltó la vulnerabilidad de los estados de ese continente, explotada por esas agrupaciones para captar adeptos.

El dato obvia un componente importante: la aceptación que tienen esos grupos tanto en los países al norte como al sur del desierto, donde las grandes mayorías viven en la pobreza más horrenda, carentes de educación, servicios de salud e, incluso, de esperanzas en conseguir un empleo estable en el curso de sus vidas que transcurren en la miseria.

Otro factor de peso es que la raíz del islamismo extremista como tendencia política está en lo que podría describirse como 'binladismo', incluso en los casos que se dicen leales a Estado Islámico (EI), cuya tesis fundacional es la creación de califatos ultraortodoxos en los países árabes y africanos de mayoría poblacional musulmana.

Es por ello que en lo esencial estratégico la táctica militar de la coalición internacional parte de una premisa errónea para erradicar a ambas entidades armadas y sus franquicias de nombres diversos.

Jefes de Estado de la región, entre ellos el presidente egipcio Abdel Fattah El Sisi, coinciden en que el mal no se extirpa con las armas, sino con desarrollo económico, ya que las causas que dieron lugar al surgimiento de esos grupos están omnipresentes y, peor aún, no hay indicios de que vayan a desaparecer en un plazo razonable.

A esto hay que sumar que los ataques y las bajas de los irregulares reportadas por la coalición las más de las veces en rigor de verdad son civiles no beligerantes, es otra causa de resentimiento contra Estados Unidos y sus aliados.

Pero hay otro aspecto que se obvia: Al Qaeda, el manantial del cual beben los seguidores de las posturas más extremistas, es una hechura de Estados Unidos, cuya Agencia Central de Inteligencia proveyó fondos, armamento y especialistas a su creador, el millonario saudita Osama bin Laden, para oponerla a las tropas soviéticas acantonadas en Afganistán a fines de la década de los años ´70 del pasado siglo.

Asimismo, que Estado Islámico surgió en el norte de Iraq a principios de la década del 90 del pasado siglo, en la llamada zona de exclusión aérea creada por los países de la coalición que invadirían ese país para derrocar al presidente Saddam Hussein.

Otro aspecto que obstaculiza la eliminación de los grupos armados es la inmensidad de los territorios en que operan, como es el caso de los bosques del oriente nigeriano, las planicies semidesérticas malienses, o los accidentes orográficos, donde una célula de 20 hombres armados organizados en patrullas volantes puede poner en jaque a un regimiento de formación tradicional.

Pero el factor más de peso en términos de pensamiento es la incomprensión y los prejuicios de occidente respecto a los musulmanes, evidenciados en la descripción jihadista para identificar a esos grupos, el cual resulta ofensivo para prelados islámicos.

La Jihad o guerra santa islámica fue definida siglos atrás por el Imán al Nawawi como uno de los deberes de la comunidad de solucionar los problemas de religión, conocer la Ley Divina, ordenar lo que es correcto y prohibir lo incorrecto, pero en modo alguno eliminar al pensamiento diferente por medio de la violencia.

Prueba tangible de la tolerancia de los musulmanes respecto a la otredad fue la presencia de hebreos en países árabes tanto en África del norte como en el Levante, durante la época de la Inquisición católica que los expulsó o ejecutó por sus creencias en lo fundamental de la España de la reconquista a fines del siglo XV y, en los tiempos modernos, durante la persecución nazi.

Sin embargo hay una peculiaridad en el accionar de esos grupos, a cuyos miembros no se les puede negar arrojo ni desprecio por sus vidas, como demuestran sus frecuentes atentados suicidas, que resulta llamativo, tal vez demasiado: no existe un solo ataque dentro de Israel o, fuera, a los intereses de ese estado, enemigo jurado del Islam y de los árabes.

Como ya la vida ha demostrado demasiadas veces para ignorarlo, en política, nada ocurre por casualidad.

arb/msl

*Periodista de la Redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.