Un año después para asomarse al futuro en Etiopía

Un año después para asomarse al futuro en Etiopía
Por Rafael Arzuaga *
Addis Abeba, (Prensa Latina) Ya casi nadie investiga o cuestiona las razones que llevaron a la ruptura de facto de la institucionalidad en Etiopía. Y es que, como una vuelta de tuerca, algo comenzó a cambiar de manera abrupta aquel día de abril de 2018.
Entonces, el primer ministro Abiy Ahmed ascendió al poder en el segundo país más poblado de África, al cabo de protestas iniciadas de manera tímida a finales de 2015, y convertidas luego en una sacudida social que provocó dos estados de emergencia y la renuncia de Hailemariam Desalegn en febrero de 2018.

Aunque algunas organizaciones intentan colocarlos en informes estadísticos con cifras exactas, los daños colaterales de aquella convulsión civil son incalculables.

Engrosaron la lista de problemas de la nación, cuya herencia asumió el otrora militar con raíces en la región de Oromía, cuna del grupo étnico mayoritario que interrumpió el dominio político de Tigray.

Para Redie Bereketeab, experto del Instituto Nórdico de África, la elección de Ahmed era por sí solo un giro importante en el acontecer etíope, porque por primera vez el líder provenía del grupo étnico más grande del Estado.

Además, según publicó www.africaye.org, esa peculiaridad abrió el camino al acuerdo con Eritrea, toda vez que el pueblo oromo del sur nunca tuvo ninguna aspiración sobre ese país.

Precisamente los conflictos étnicos y desplazamientos masivos aumentaron antes y después de su juramentación, y si bien el Gobierno agota esfuerzos para apurar la solución, todavía perduran y obstaculizan procesos enfilados a promover el crecimiento integral de Etiopía.

Entre ellos el Censo de Población y Vivienda, un paso importante previo a las elecciones presidenciales previstas para 2020, aplazado otra vez.

A ello se suman los bajos índices en aspectos importantes para el desarrollo, tales son los casos de la esperanza de vida y las mortalidades materna e infantil, la proporción de médicos por cantidad de habitantes y el acceso al agua potable.

También la vivienda y el alcance del servicio de electricidad, la producción de alimentos per cápita y su relación con las importaciones, la tasa de alfabetización y el desempleo.

Según datos oficiales, más de la mitad de la población no tiene acceso a la electricidad, pese al esfuerzo del Gobierno, que acaba de iniciar en todas las regiones la segunda fase del Programa de Electrificación.

Otro botón de muestra es que al menos ocho millones 300 mil personas necesitan atención y ayuda institucional para alimentarse de manera digna.

Esto principalmente porque persisten los desplazamientos internos masivos en varias regiones y por tanto continúan aumentando las necesidades de protección de esos pobladores, de acuerdo con declaraciones del jefe de la Comisión Nacional de Gestión de Riesgo de Desastres, Mitiku Kassa.

Durante el último año, desde su ascenso al poder el 2 de abril de 2018 del primer ministro, este y la presidenta, Sahle-Work Zewde, insisten en la necesidad de trabajar para resolver esos y otros problemas.

Entre ellos afianzar el acceso al mar, superar el déficit de liquidez, remediar la escasez de medicamentos importados, promover la paridad de género e incrementar el desarrollo de la infraestructura, pero deberá esperarse algo más para avistar avances tangibles.

En la organización y construcción del arquetipo político del país, observadores y académicos sí avistan hechos categóricos de que Etiopía está cambiando, alistándose para emprender un futuro distinto del pasado e incluso del presente del país, en concordancia con el discurso del Premier en abril del pasado año.

Prometió trabajar por establecer la buena gobernanza, reconciliar las etnias, garantizar los derechos civiles, promover el pluralismo político como base democrática y trabajar para resolver diferencias con Eritrea.

Y en menos de 12 meses liberó centenares de presos políticos, invitó a participar en la vida política del país a grupos de oposición alguna vez considerados terroristas, redujo el gabinete y nombró a mujeres al frente de la mitad de los cargos.

Asimismo mantuvo encuentros con líderes de diferentes etnias y designó a una activista opositora al frente de la comisión electoral, entre otras decisiones.

Pero el principal golpe de efecto fue la negociación con el presidente de Eritrea, Isaías Afwerki, y la firma de un acuerdo de paz que finiquitó más de 20 años de hostilidades entre las dos naciones.

Se dio paso a la reanudación del comercio y las telecomunicaciones, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y la implementación del acuerdo de paz firmado en Argel en 2000.

A partir de ese paso histórico, creció su prestigio en el denominado Cuerno de África y el resto del continente, lo cual facilitó su gestión mediadora en el conflicto de Sudán del Sur y el liderazgo de las gestiones para garantizar la paz definitiva y establecer términos que conduzcan al establecimiento de la integración en la región.

La comunidad internacional aplaude sus esfuerzos, como en el aporte de tropas a la misión de la Organización de Naciones Unidas en Somalia.

Todo esto en un contexto signado por la inversión proveniente de China y Emiratos Árabes Unidos, en primer término, que mejora cada día las infraestructuras.

Está también el proceso de liberalización y la apertura al capital privado en Ethiopian Airlines o Ethio Telecom, entre otras empresas estatales, lo cual no tiene aceptación unánime, pese a la 'Abiymanía' reinante en Etiopía.

Tan pronto como en junio pasado una granada explotó en la capital durante una concentración de apoyo al Primer Ministro y más tarde decenas de soldados marcharon hacia el Palacio Nacional para pedir el aumento de sus salarios y presentar otras exigencias.

Esas son solo las muestras más evidentes de que algo está sucediendo en Etiopía, tierra de más de 105 millones de habitantes que acaban de asomarse a un futuro todavía impreciso, cargados de esperanzas y dudas a partes iguales.

arb/raj

*Corresponsal de Prensa Latina en Etiopía.