Qatar, un país multicultural

Qatar, un país multicultural
Texto y foto: Susana Alfonso Tamayo*
Doha (Prensa Latina) No hay mejor radiografía de Doha que la fila en el control de pasaportes del gigantesco Aeropuerto Internacional Hamad. Confluyen en esa espera disímiles muestras de la rica diversidad cultural de nuestro planeta.
Él de clásico traje de corbata, ella con un vestido en dos piezas todo multicolor y una marca roja en su frente, otros de camisón largo y pantalón holgado acompañados de un diminuto gorro en la cabeza, aquellos niños de túnicas largas o las jóvenes de más allá en ese estilo desdeñado que caracteriza al turista. Zapatos lustrados, sucios, gastados, sandalias. Cabellos dorados, espesas barbas negras. Ojos rasgados, cansados, desafiantes, asustados.

Tantos pequeños detalles que cuentan historias de vida personal, de países, de desequilibrio económico global. Algunos, se les nota, ya saben que hay tras estos modernos puntos de control. Para otros -resulta obvio- no saben qué encontrarán. Si la suerte les espera observarán a la salida a alguien con con su nombre escrito en un cartel.

Una vez fuera, un aire cálido da la bienvenida, incluso si se trata de las horas nocturnas. No importa la época del año, aún en los meses de invierno en que las noches resultan más frías, siempre hay espacio para el sol durante la mañana y para un ambiente que oscila entre muy y un poco menos caluroso. El visitante habrá de saber con el tiempo que no tendrá oportunidad de extrañar al astro rey, excepto cuando una tormenta de polvo o un muy exclusivo aguacero le hagan la competencia.

Dejando atrás la puerta de entrada al país, y si se llega cuando ya oscureció, comienzan a aparecer postes de luz, infinidad de ellos cubiertos de caligrafía árabe y mutando sus colores continuamente, brillantes, asombrosos, como preludio de la ciudad que se avecina, con sus rascacielos también en competencia lumínica y de diseño.

La urbe abraza un cuerpo de agua dócil salpicado por los dhows -embarcaciones tradicionales de madera- que recuerdan un pasado menos dinámico y no tan lejano, pues ciertamente todo aquí es muy nuevo. Las edificaciones, los puentes, las autopistas, absolutamente todo nuevo y en continuo crecimiento. No en vano hasta el más actualizado navegador de internet se pierde cuando intenta guiar al viajero a una locación.

Cuentan quienes han vivido en esta ciudad por una década o más que el panorama ha cambiado de forma radical en corto tiempo, y no resulta difícil comprobarlo al conducir fuera de la gran West Bay, donde en cualquier dirección a la que los ojos voltean se ven inmensas grúas y obreros levantar nuevos muros, cual si se tratara de un bloque de construcción de lego (la famosa compañía de juguetes de Dinamarca). El desierto es desplazado aquí y allá sin misericordia para dar paso al progreso.

Pero más allá de todo este desarrollo que pasa corriendo en los más caros y lujosos autos, en los aviones rasantes con la insignia de Qatar Airways, los alucinantes estadios que acogerán la primera copa futbolística mundial en tierra árabe y la luces de ciudades que crecen por semana, lo más significativo, y acaso hermoso, de este pequeño país es la amplia representación de nacionalidades.

Aquella línea en el control de pasaportes se torna una realidad cotidiana. De modo que constituye cosa del día a día que en el ascensor de un edificio residencial cualquiera confluyan tres continentes en total familiaridad. Por donde quiera que el visitante circule encontrará como mínimo 10 diferentes procedencias en su camino, incluso de países de los que nunca escuchó hablar antes de llegar hasta aquí.

Se dice que la población qatarí ronda el 30 por ciento, el resto ha venido de Oriente, Occidente... allende los mares a trabajar y vivir, unos por corto tiempo, otros por extenso período, en un Estado que ha extendido visado gratuito a 80 países.

Nadie se siente extranjero aquí, comentan algunos. A pesar de la diferencia de cultura y clima que pueda representar, sobre todo para los provenientes de Europa y el continente americano, dada la pluralidad de lenguajes, estilos, religiones, no hay modo de creerse a sí mismo una pieza que no encaja, por el contrario, cada quien comenta de su lugar de origen con alegría, como si fuera consciente de la riqueza que aporta a este variopinto paisaje. Y si uno no sabe sobre el país del otro, hará tantas preguntas como su curiosidad exija, de ese modo contará en otros escenarios lo que sabe de la susodicha tierra y su gente.

Si resulta enriquecedora esta experiencia para los adultos, el doble es para los infantes. Numerosos padres comentan que precisamente uno de los platos fuertes de su estancia en Qatar está en la visión diferente que da a sus hijos del mundo.

Cuenta una profesora de Kindergarten (educación preescolar) que tiene en su escuela más de 60 países representados; sus clases podrían competir con reuniones de las Naciones Unidas. ¿Cuán diferente pensará este pequeño que creció escuchando historias de vidas y cuentos africanos, árabes, de la India, de los Balcanes, de los vikingos y tantos más, de las fuentes directas y no solo a través de libros e imágenes en un computador?

En Doha, un sinnúmero de escuelas internacionales se erigen para responder a las necesidades de la diversidad cultural de familias de 'expatriados', como se les conoce a quienes no son naturales de Qatar. Por esto, no es de extrañar que los niños hablen más de un idioma, a veces hasta tres, y aún más interesante cuando se les escucha combinarlos o delinearlos de acuerdo con quien estén sosteniendo conversación o de la exigencia de sus padres.

Tal vez algún día, pasados los años, visitarán los amigos hechos en estas instituciones y recordarán los tiempos en que resultaba tan sencillo unir continentes en un solo país, en una capital multicultural.

*Corresponsal de Prensa Latina en Qatar.
 
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