Jardín Japonés de La Paz, una esmeralda en Bolivia

Jardín Japonés de La Paz, una esmeralda en Bolivia
Por Cosset Lazo Pérez*
La Paz, (PL) Recorrer el Jardín Japonés de La Paz remonta a los amantes de la naturaleza a un universo donde renace el verde en sus más disímiles tonalidades, tan resplandeciente como una esmeralda.

Para conocer la historia de la majestuosa área que reverencia la cultura asiática Prensa Latina conversó con Rodrigo Layme, gerente de parques y jardines de la Empresa Municipal de Áreas Verdes, Parques y Forestación de la urbe paceña.


Ubicado en la zona sur de la ciudad, el Jardín Japonés surgió en 1972 como iniciativa de la sociedad de residentes japoneses en Bolivia, explicó Layme durante una minuciosa caminata.

Entre cipreses, álamos y robles, emergieron los cimientos sobre los cuales nació ese espacio, ahora exclusivo para celebrar matrimonios, bautizos, cumpleaños y otros eventos sociales.

Sin embargo, antes de abrir sus puertas a estas actividades, el jardín promovía solo la convivencia pacífica entre especies forestales y pavos reales, patos mandarines y carpas procedentes de Japón.

Cuenta Layme que los orígenes del área pudieran ubicarse entre los años 1895-1905 cuando llegaron a Bolivia los primeros japoneses para posteriormente establecerse en el altiplano.

Junto a sus maletas, los migrantes trajeron a La Paz una muestra de su cultura milenaria y las técnicas forestales para la poda de diversas especies.

Dichos procedimientos marcaron el surgimiento del jardín, cuyos árboles -con más de 45 años de vida- se erigen sobre troncos robustos simulando una mano.

Según Layme, la técnica japonesa es conocida como El ojo del dragón y busca el equilibro mediante la representación de un árbol, cuyas ramas son los dedos humanos.

Entre las especies del jardín -especificó el experto- podemos hallar la glicina o árbol de fuji, traída de Japón y adaptada a La Paz, a más cuatro mil metros por encima del nivel del mar.

Este paraíso natural se vio afectado por una crecida del río Irpavi en 1998, que destruyó gran parte del jardín, rememoró Layme.

Por ese motivo, murieron pavos reales y patos mandarines, en tanto, las carpas sobrevivieron al desastre y se reproducen en un estanque luego de la reapertura del jardín en 2003.

Ese año, el espacio reabrió sus puertas con la belleza y exclusividad que exhibe en cada celebración del Omatsuri (festividad de la primavera de la sociedad japonesa).

Dicho evento congrega el último domingo de septiembre a admiradores de la cultura nipona que comparten junto a japoneses asentados en Bolivia delicias de la cocina asiática como el sushi.

Además, la festividad difunde las artes marciales, la música y la moda japonesas.

Para realzar la riqueza de esta cultura, el jardín cuenta con salones donde no solo se celebran fiestas, sino conciertos de música clásica y exposiciones.

De esta manera, las personas que visitan el maravilloso espacio -considerado patrimonio natural de Bolivia- pueden disfrutar de un paisaje único, que además cobija diminutas especies como son los bonsáis.

Plantados en tierra, estos arbolitos de troncos fuertes matizan el entorno con la suavidad de su aspecto y el verde intenso de sus hojitas.

Otra de las atracciones del Jardín Japonés es su pahuichi (pequeña casa de madera abierta) que permite desde la laguna apreciar la espectacularidad del paisaje, donde convergen la quietud del viento y el suave canto de las aves.

Entre robles, cipreses, álamos, queñúas, glicinas, árboles de sakura y moye, y bambúes, asoman lámparas niponas para calentar las frías noches paceñas y evitar que la oscuridad opaque la belleza del entorno.

*Corresponsal de Prensa Latina en Bolivia

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